martes, 13 de febrero de 2018

Cuentos y Leyendas de la selva peruana (II)

Ya contamos en un post anterior alguno de los cuentos y leyendas de la selva peruana más populares, entre los que destacan la leyenda del Delfín rosado, la historia de cuando el sol era un perezoso, el Chullachaqui, o los hermanos y la oropéndola.

En esta ocasión queremos traeros nuevas historias de las leyendas y cuentos más populares en la Amazonía peruana, que hemos recopilado en base a la lectura de diferentes publicaciones en el Centro Cultural Pío Aza y el Centro Amazónico de Antropología y Aplicación Práctica (CAAAP), ambas sitas en la ciudad de Lima. Esperamos que disfrutéis con su lectura.

El Páucar y la Víbora 

Cuenta la leyenda que el Páucar era un niño que tenía la lengua demasiado suelta y que gustaba de burlarse de las personas de la aldea imitando sus voces; solía llevar siempre puestos un pantalón negro y camisa amarilla.

Cierto día, por inventar que una anciana que acababa de llegar al poblado era una runa-mula que los viernes en la noche volaba sobre una escoba, ésta –que en verdad era un hada disfrazada- lo transformó en un pájaro que aún mantuvo los colores de la ropa que llevaba puesta.

Pero el hada tuvo una deferencia con el niño: una vez transformado en ave también mantuvo su inteligencia y su habilidad para imitar el sonido de las gentes y de otros animales. Además de eso, también fue otorgado con una fina habilidad para tejer con pequeñas ramas unos cubículos donde todos anidan muy cerca los unos a los otros.

Cierto día en que el páucar estaba en lo más alto de un delgado árbol, pudo observar cómo llegaba reptando una víbora que venía huyendo de un búho y un águila que la habían expulsado de la zona del bosque donde solía cazar.

Hambrienta y con todo el peso de los cielos sobre su cuerpo, dejó llevarse hasta los árboles buscando algo con que saciar su enorme apetito. Trepó y trepó hasta llegar a la parte más alta de la punga, árbol de tallo blanco, y al llegar allí no pudo moverse más. Se sentía segura allá arriba y decidió dormir desde que se pusiera el sol hasta que se levantara el día siguiente.

Al abrir los ojos, la víbora vio un festín en los nidos de las hembras del páucar. Brillantes huevos relucían con la caricia del sol, haciéndolos aún más apetecibles a la mirada hambrienta de la víbora.

Tampoco pasó desapercibido para ella que bajo los nidos había un avispero donde las avispas se revolvían al compás de los rayos del sol. “De todas formas este suculento manjar valdrá correr el riesgo”, pensó la víbora.

Con cuidado y sin hacer ningún ruido, la víbora comenzó a subir y a subir hacia donde estaban los nidos, pero el súbito grito del águila que la perseguía la otra noche sonó como un estruendo y ésta cayó directamente sobre el avispero. Los cientos de picotazos que recibió sobre todo su cuerpo hicieron que las esperanzas de la víbora se desvanecieran y saliera huyendo en un ondulante y rápido movimiento.

Ni siquiera sospechó que quien realmente realizó ese sonido de águila fue el propio páucar, que reía ahora tranquilo y orgulloso por su buena imitación. Sin duda no verían a la víbora por esas tierras en mucho, mucho tiempo.


El amor que surgió de Pacaya Samiria

Hace un siglo atrás, cuando los ríos que dan nombre a la reserva de Pacaya Samiria aún no tenían nombre, sucedió una bella historia de amor que aún sigue transmitiéndose de generación en generación. La tribu de los Cocamas, que vivían en las orillas del Río Pacaya eran enemigos de los Cocamillas, que gobernaban las riberas del Río Samiria.

En la época de lluvias el bosque que circunscribe estas orillas está inundado, por lo que sus fronteras de caza y pesca son más amplias.

Cierto día la bella Irini, hija querida del jefe de la tribu que dominaba los Pacaya, amiga íntima del páucar, se adentró en canoa en las lagunas del bosque junto a su amigo para explorar la zona. La época de lluvias era además su preferida para hacer este tipo de incursiones sin el permiso de su padre.

Pero el destino quiso que su barca se adentrara cada vez más en el afluente del río y se fuera alejando más y más de su aldea; tan ensimismada estaba en los colores que iban adornando la tarde reflejándose en la corriente de agua, que hubo un momento en que ya no supo regresar. Asustada preguntó al páucar si sabía el camino de vuelta, pero éste había estado tan absorto en sus pensamientos como ella.

La noche llegó, e Irini junto a su amigo descubrieron una hermosa Punga junto a la orilla. Le pidió al árbol sagrado que le dieran cobijo durante la noche, pues el suelo de la selva estaba plagada de peligros y depredadores. Así fue que escalaron a sus ramas, aunque Irini seguía preocupada por saber cómo estaría su padre al darse cuenta de que no había aparecido en su casa durante el día.

Mientras tanto, Nanuqii, cazador de la tribu de los Cocamillas salió a buscar animales para alimentar a su aldea. El joven, que había sido adoptado por su tío, el Gran Jefe del grupo de los Samiria, era huérfano, y tan buen mozo que todas las chicas de su aldea lo pretendían. No obstante, él no sentía interés por ninguna.

En uno de sus viajes para cazar decidió adentrarse en el bosque para alcanzar buenas presas, topándose con el árbol sagrado donde la misma noche había pedido refugio Irini. Era de noche y el joven volvió a preguntar a la Punga si podría colgar allí su hamaca.

No bien trató de dormir, escuchó el canto del páucar. “Qué extraño lugar para un páucar”, pensó, pero acto seguido escuchó una voz de mujer que le decía: “¡Cuidado! Me puedes chancar”. Nanuqii no dio crédito a lo que acababa de escuchar y miró hacia abajo. Irini y Nanuqii charlaron y charlaron, y de repente ambos notaron como si se conocieran de toda la vida.

“Por qué no tomas mi lugar en la hamaca”, le propuso Nanuqii a Irini. Al día siguiente recorrieron juntos el bosque, mientras el joven cazador le enseñaba a la chica los secretos que él conocía de los árboles, las propiedades que ofrecían, y la mejor forma para cazar y pescar en la zona. Los días pasaron y ambos se dieron cuenta de que el tiempo se había detenido sin que ni siquiera lo notaran.

Irini urgió de pronto a Nanuqii para volver a su tierra. Cuando llegaron a la aldea de los Pacaya, el cazador se armó de valor y pidió al cacique a Irini en matrimonio.

Tras interrogar al joven y saber de qué tribu provenía, amenazante le dijo: “Nunca permitiría que el hijo de una tribu enemiga se case con mi hija. No te mataremos en este momento por haberme devuelto a Irini sana y salva, así que retírate y no se te ocurra volver nunca por estas tierras”.

Nanuqii e Irini se miraron con lágrimas en los ojos, sin entender nada de la rivalidad entre sus dos aldeas. Cuando Nanuqii se retiró, la joven fue llorando hasta su cabaña, pero el páucar entristeciéndose de esto voló hasta el cazador y le dijo: “¡Espera! No te vayas. Esta noche te ayudaré a robarte a Irini, pero prométeme que jamás se les ocurrirá volver de nuevo, pues el cacique los matará a los dos”.

De esta forma Nanuquii e Irini huyeron lejos y formaron una bella familia, allá donde los dos Ríos que los separaban se unían, como una dulce metáfora de la unión de sus dos corazones. La leyenda pasó de generación a generación, y los habitantes de la reserva decidieron así poner fin a sus rivalidades y convivir como uno solo en la tierra que los vio nacer.

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La mágica curación del árbol del Chuchuhuasi

La mitología de la selva está íntimamente unida con el alma de los árboles y las plantas, que otorgarán sus propiedades curativas a quien de verdad tenga el corazón puro y pida sus favores sin buscar otro beneficio que no sea el de la sanación del cuerpo.

Cuenta la leyenda que entre los nativos Cocamas había desaparecido el hijo del curandero de la aldea. La desaparición de un miembro de la tribu era algo bien extraño a no ser que fuera llamado por alguna divinidad de la selva, y los habitantes de la zona se preguntaban qué podía haber pasado.

Los Cocamas se apiadaron del curandero, que triste no dejaba de buscar a su niño en cualquier rincón del bosque. Buscaba y buscaba, pero no aparecía, hasta que sus ojos finalmente se secaron de tanto llorar.

Pasaron los días, y junto a la humilde cabaña del curandero comenzó a crecer un árbol. Y tanto creció con el paso del tiempo que pronto superó a todos los que había a su alrededor. Estaba grande y orgulloso junto a la cabaña, dándole su sombra y su protección a diario durante las calurosas jornadas que azotaban la selva.

El sol, que asomaba cada mañana por el este, bañaba su lado derecho al amanecer y cuando se ponía tras el poniente, acariciaba dulcemente su lado izquierdo. Una noche el espíritu del árbol se apareció ante el curandero en sueños y éste quedó petrificado. “¿Es la voz de mi hijo la que habla?”, pensó, “Es este árbol el alma de mi hijo querido y perdido hace tanto tiempo atrás?”.

Escuchaba atentamente en sueños la voz de su hijo que le decía: “Padre, estoy aquí para ayudarte, nunca desaparecí, siempre estuve aquí a tu lado”.

El curandero abrió los ojos en la noche con una gran emoción en su pecho. ¡Cómo no se dio cuenta antes! El mensaje que estaba recibiendo eran las palabras de su hijo que le estaba dictando: “Padre, escucha. Toma de mí el lado chuchu, el lado bañado por el sol saliente; y toma de mí el lado huasi, el que es acariciado por el sol de poniente. Macéralos solo así… primero el uno y luego el otro, juntos serán tu tesoro. Con eso podrás curar a muchos y darás alegría a muchos más”.

Su hijo le estaba diciendo que si seguía su secreto podría ofrecer el bien a los habitantes de su aldea y las comunidades vecinas. Las semillas del Chuchuhuasi se extendieron por la selva, y el curandero sigue curando junto a su hijo, para todos aquellos que crean en el poder del espíritu del árbol.

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Seguiremos buscando más información para poder traeros algunas leyendas y cuentos más de los distintos pueblos originarios que pueblan la Amazonía peruana. Todas con un auténtico encanto sobre la comunión de estas tribus con la naturaleza que les rodea y con la magia que esconden los espíritus de las plantas y los animales.

Francis, Viajes del Perú
Febrero del 2018
info@viajesdelperu.com

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