miércoles, 5 de julio de 2017

Entrevistamos a la artista afroperuana Teresa Palomino

Teresa Palomino lleva el ritmo tan integrado a su cuerpo que parece que al recibirnos en la entrada de su departamento estuviera a punto de arrancarse a bailar un landó. Sin embargo, no tardamos mucho en darnos cuenta de que, pese a sus 80 años de edad, este alarde de vitalidad es inherente al de una artista que lleva toda la vida desplegando una fuerza incansable sobre cientos de escenarios del Perú y el extranjero.

Sus comienzos se gestan en la confluencia de dos casualidades (como suele suceder con esas raras alineaciones de planetas que se dan cada ciertos años). Por un lado, estamos ante una década de los 60 en la que comienza a florecer todo lo relativo a ritmos y danzas negras provenientes del legado del decimista Nicomedes Santa Cruz. Por otro, sucede que tanto Teresa Palomino como Victoria Santa Cruz están regresando de sendos viajes a Europa.

En este nuevo boom de la cultura afroperuana, Victoria Santa Cruz –que se suma a los esfuerzos de su hermano por revalorizar lo negro- se encontraba buscando a chicos y chicas jóvenes para representar el show de su Teatro y Danzas Negras del Perú. De más de 120 aspirantes a esa audición solo fueron escogidos 28, entre los que se encontraban (además de Teresa), Lucila Campos, Abelardo Vásquez (hermano del conocido percusionista Pepe Vásquez) y el que fuera el director de Perú Negro, Ronaldo Campos.

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Teresa Palomino baila en El Callejón. Foto: Chino Domínguez
“Victoria decía que Lucila y yo teníamos cara de negras lisas –ríe Teresa mientras recuerda el estreno del show el 3 de octubre de 1967”. En la imagen promocional que pendía de los teatros Municipal y Manuel Segura, podía verse a Lucila y Teresa en un alegre pleito que formaba parte de la representación de “El Callejón”, donde varios personajes ponían en escena una parodia sobre la convivencia de sus vecinos.

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Lucila Campos y Teresa Palomino en El Callejón. Foto: Chino Domínguez
Posteriormente y también de la mano de Victoria Santa Cruz, Teresa Palomino acude a los Juegos Olímpicos de México 1968. En esta ocasión, aunque el Perú no ganó una sola medalla en lo deportivo, sí se llevó la presea de plata en la competición de folclore (solo por detrás de Corea).

La música y culturas negras del Perú van conquistando el mundo. En 1970 la formación de Victoria Santa Cruz acude a los Panamericanos de Cali (Colombia), actuando también en el Teatro Colón de Bogotá. Sin embargo, tras ese viaje la relación con Teresa se enfría y del distanciamiento inevitable surge un cruce de caminos que llevará a nuestra protagonista a un progresivo alejamiento de los escenarios.

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Teresa Palomino, Caretas. Foto: Chino Domínguez
Unos años después y ya como una madre dedicada plenamente a sus hijos, la convencen para inscribirse en el concurso de Reina del Festejo en Cañete, en el aniversario del distrito de San Vicente. En ese entonces Teresa –que parece haberle ido ganando años a la vida- tenía 36 años, una envidiable figura y una forma de ser que no tardó en cautivar a los periodistas de los distintos medios que cubrían el evento.

Aunque reconoce que esperaba estar entre las 15 primeras candidatas, su sorpresa fue en aumento cuando el jurado la fue seleccionado entre las 10, 5 y luego 3 candidatas finales. De ese concurso no solo salió como la tercera finalista, también se llevó el premio de reina de la simpatía y de la prensa.

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CONSOLIDACIÓN COMO CANTANTE

Es curioso que con 36 años Teresa Palomino no supiera lo que era una peña. Decimos que es curioso porque el canto será el que la lleve posteriormente a recorrer casi todos los escenarios de Lima y el que le ha dado la mayor parte de los reconocimientos de su carrera. La historia comienza cuando la periodista de Caretas Juanita Núñez, la invita a visitar su primera peña y la anima a cantar ante el público.

De carácter extrovertido, Teresa no se lo piensa demasiado y deja fluir su torrente de voz ante un auditorio de jarana que la aplaude al ritmo de “arroz con concoló”. Pasan unos minutos hasta que el regente del lugar se acerca a su mesa y muy cordialmente le comenta que quiere contratarla como su nueva cantante por unos S/ 300 por noche (casi tanto como lo que ganaba mensualmente en una fábrica textil).

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Su belleza y maneras sobre el escenario llaman la atención de la prensa cultural de la época, como El Dominical de El Comercio, que le dedica una página completa. Otras peñas la llaman para contar con ella en sus shows nocturnos: Peña Restaurant Morilla, Peña de las Guitarras, Peña El Embrujo, Peña Zataqueca, e incluso casas particulares para reuniones y fiestas.

Así pasaron los años. Y al igual que la carrera de Teresa Palomino, la música afroperuana iba captando adeptos e introduciéndose a paso firme dentro de las distintas manifestaciones artísticas del país. En esos años –y por citarlo como apunte- el percusionista Caitro Soto exporta uno de los símbolos de la música popular afroperuana en las manos del guitarrista Paco de Lucía y le pone ritmos negros al flamenco andaluz.

El pasado de bailarina junto a Victoria sigue en la mente de muchos, y es entonces que varios chicos de su barrio le proponen que los enseñe a bailar para un concurso en el Colegio Champagnat de Miraflores. “Señora, usted que ha bailado con Victoria, ¡enséñenos pues!”.

El resultado fue todo un éxito, resultando su elenco ganador del primer puesto. Varios padres la convencen entonces de que forme un grupo de baile propio llamado ‘Ballet Unión Santa Cruz’, que cosechó diversos éxitos y celebró sus 15 años de vida en el Teatro Canout, con el entonces alcalde del distrito de Miraflores, Alberto Andrade, como invitado de honor.

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Tras la representación, Teresa nos cuenta cómo un alegre Andrade la nombra vecina ilustre de la Municipalidad de Miraflores y le ofrece hacerse cargo del Ballet Folclórico del distrito. Mientras tanto hace sus primeras incursiones en la pantalla chica con miniseries como Matalaché y Los de arriba y los de abajo.

Cuando Andrade da el salto de Miraflores a la gestión de la ciudad, le pide a Teresa que lo acompañe para dirigir el Ballet Folclórico de Lima. Más tarde vendrían los mandatos de Castañeda, Villarán y otra vez Castañeda, en las que ha seguido enseñando a cientos de chicos en varias instalaciones del centro hasta arribar al Teatro Municipal.

También –aunque mucha gente lo desconozca- fue la creadora del Concurso Nacional de Marinera Limeña, que estuvo vigente desde mediados de los 90 hasta el pasado 2012.

Este 3 de octubre celebrará sus 50 años de vida artística en el Teatro Municipal junto a varios amigos y artistas de la escena local como Bartola, Guajaja, Rosa Flor, Marisa Rodríguez, Lucy Avilés, Willy Terry, la Sinfonía por el Perú de Juan Diego Flores, Milagros Guerrero, Rosa Guzmán, entre otros.

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MES DE LA CULTURA AFROPERUANA

Cerramos el Mes de la Cultura Afroperuana preguntándole a Teresa Palomino qué significa ser afrodescendiente en el Perú. Su respuesta es tajante: “Yo hice bailar al cholo, al blanco, al mestizo, al hijo del japonés, al hijo del chino… Los hice bailar música negra a todos mientras fueran peruanos. Hasta entonces la cultura negra era solo para negros”.

Al fin y al cabo –se pregunta- en Brasil, Puerto Rico, Cuba, bailan todos los colores y no solo un color específico o una raza: baila todo un país.

Miramos las fotos en las que aparece Teresa, que están dispuestas junto a las decenas de premios, trofeos y diplomas que se apilan en los anaqueles de su habitación. En todas las imágenes parece lucir 10 años menos de los que en realidad tiene, como si constantemente estuviera ganándole una carrera al tiempo. Por un momento pensamos que va a despedirnos bailando una marinera y creando todo un festejo con su cuerpo mientras nos dice adiós agitando la mano.

Francis, Viajes del Perú
Junio del 2017
info@viajesdelperu.com

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